@abrilpenaabreu
Más empleo no siempre significa mejor vida, República Dominicana vuelve a exhibir una paradoja que merece una conversación más profunda.
Los números laborales, en apariencia, traen buenas noticias. Según los datos más recientes del Banco Central, el país creó más de 118 mil nuevos puestos de trabajo en el último año y mantiene una tasa de desempleo relativamente baja en comparación con muchos países de la región.
A simple vista, parecería un éxito y en parte lo es. Porque un país que no genera empleo difícilmente puede hablar de crecimiento, estabilidad o progreso.
Pero cuando uno observa más de cerca lo que ocurre en la vida real, aparece una pregunta incómoda:
¿Qué tan útiles son esos empleos si aun trabajando mucha gente siente que apenas sobrevive? Porque el problema laboral dominicano no es solamente cuántos empleos se crean.
La verdadera discusión quizás debería ser: ¿Qué tipo de empleos estamos creando?
Según la Encuesta Nacional Continua de Fuerza de Trabajo, más del 82 % de los nuevos puestos creados durante el último año se dieron bajo condiciones de informalidad y sí, eso merece preocupación.
Pero quizá hay otra pregunta todavía más incómoda que el país tampoco está haciendo: ¿Qué tan dignos son incluso muchos de nuestros empleos formales?
Porque el debate dominicano suele dividirse entre empleo formal e informal como si automáticamente lo formal garantizara bienestar y la realidad es mucho más compleja.
Hay empleos formales que exigen jornadas extensas, largas horas de transporte, metas agotadoras, supervisión intensa y niveles de estrés importantes… para terminar pagando salarios que apenas alcanzan para cubrir lo básico.
Y entonces surge una lógica brutalmente racional, si una persona descubre que manejando un motor, vendiendo comida, revendiendo productos, trabajando por comisión o “buscándosela” por cuenta propia puede generar igual o incluso más ingresos, con mayor flexibilidad de tiempo, ¿por qué elegiría un empleo formal mal pagado?
No siempre se trata de irresponsabilidad o de evadir impuestos, muchas veces se trata de supervivencia económica.
Y quizás ahí está una de las grandes verdades incómodas del mercado laboral dominicano: no toda formalidad significa calidad de vida.
Porque tener un empleo debería significar algo más que simplemente no estar desempleado, debería permitir vivir con cierta dignidad, pagar un techo, comer adecuadamente, cubrir salud, criar hijos, ahorrar algo, tener margen para soñar con algo mejor.
Pero para demasiadas personas, trabajar hoy significa simplemente no hundirse, es decir: trabajar para seguir cansado, endeudado o apenas sobreviviendo.
Y eso termina generando un fenómeno peligroso: el desencanto con el trabajo formal. Cuando la gente empieza a sentir que el sacrificio no se traduce en movilidad social, aparece la frustración, la sensación de estancamiento, la idea de que “matándose” en un empleo tampoco se avanza y eso no solo afecta al trabajador, afecta al país completo.
Porque una economía con alta informalidad recauda menos, protege menos y genera menos productividad, pero también porque un país donde trabajar no garantiza progreso termina debilitando algo esencial: la fe en el esfuerzo.
Y Aquí vale hacer una aclaración justa, no todo es negativo. República Dominicana ha mostrado dinamismo económico, capacidad de generación de empleo y avances importantes frente a otras economías latinoamericanas, además, el crecimiento del empleo femenino es un dato positivo que merece reconocimiento.
Pero reconocer avances no debería impedir hacer preguntas difíciles, porque quizás el gran desafío de los próximos años no sea solamente crear más empleos.
Quizás el verdadero reto sea crear trabajos que permitan vivir mejor, trabajos que no obliguen a escoger entre estabilidad y sobrevivencia, trabajos que hagan que levantarse temprano valga la pena.
Porque al final, una economía no se mide solo por cuántas personas trabajan, también debería medirse por algo mucho más importante: cuántas personas logran vivir con dignidad gracias a su trabajo.