Por Abril Peña
Hay fechas que un país no debería recordar solo por costumbre, mucho menos convertirlas en una simple efeméride de discursos repetidos, fotografías antiguas y frases aprendidas de memoria.
El 30 de mayo de 1961 es una de ellas. Aquella noche, un grupo de dominicanos decidió hacer lo que durante más de tres décadas parecía imposible: enfrentar al hombre que había convertido el miedo en sistema de gobierno y el poder absoluto en norma nacional.
La muerte de Rafael Leónidas Trujillo marcó el final biológico de una de las dictaduras más largas y represivas de América Latina. Pero quizás, 64 años después, la pregunta verdaderamente importante no sea cómo murió el dictador, sino qué murió realmente con él.
Porque si algo demuestra la historia dominicana es que las heridas institucionales no desaparecen automáticamente con la salida de un hombre del poder.
A veces las estructuras permanecen, a veces las prácticas sobreviven y, sobre todo, a veces los miedos se heredan y sobre todo cuando por H o por R no se pasa factura, como aquí.
El régimen trujillista no fue únicamente un gobierno autoritario, fue un modelo de control que penetró la vida cotidiana de los dominicanos, un sistema donde disentir podía costar el empleo, la libertad o la vida, donde el espionaje, la persecución política y la autocensura eran parte de la normalidad.
No se trataba únicamente del temor al Estado, era el miedo al vecino que podía denunciarte, al conocido que podía vigilarte, al personal de tu casa o negocio que podía chivatearte, a la palabra equivocada pronunciada en el lugar equivocado.
Por eso resulta ingenuo pensar que la caída de Trujillo implicó automáticamente el nacimiento de una democracia madura. No fue así.
La transición estuvo llena de tensiones, violencia, ajustes de cuentas e incertidumbre, muchos de los héroes del 30 de mayo fueron perseguidos y asesinados. La maquinaria represiva no desapareció de un día para otro, porque las dictaduras no son solo un hombre: son una cultura política.
Y aquí me hago varias reflexiones y el porque recordar el magnicidio de Trujillo no debería limitarse a condenar el pasado, también debería obligarnos a mirar el presente con honestidad.
¿Hemos aprendido realmente el valor de las instituciones? ¿O seguimos depositando demasiado poder simbólico en figuras individuales? ¿Entendimos que una democracia sana no se sostiene sobre hombres “providenciales”, sino sobre leyes fuertes y contrapesos efectivos?
La historia nos enseña algo incómodo: los países no suelen perder sus libertades de golpe, las pierden lentamente, cuando normalizan el miedo, cuando dejan de cuestionar, cuando creen que criticar al poder es sinónimo de traición, cuando convierten a líderes políticos en figuras intocables.
Y cuidado: esto no es un llamado al cinismo ni a equiparar realidades históricas incomparables, la República Dominicana de hoy no es la de 1961, tenemos elecciones, pluralidad política, medios de comunicación, oposición y libertades que durante la dictadura eran impensables.
Pero precisamente porque hemos avanzado, conviene recordar por qué costó tanto llegar hasta aquí, el problema de olvidar las lecciones históricas no es académico, es político, es social, es humano.
Porque los pueblos que pierden memoria terminan repitiendo errores creyendo que son nuevos. Por eso el 30 de mayo no debería ser únicamente el recuerdo de la muerte de un dictador, debería ser un recordatorio permanente de por qué ningún poder debe ser absoluto, de por qué ninguna democracia puede darse por garantizada y de por qué el miedo —sin importar el tiempo o el contexto— nunca debería volver a ser una forma de gobernar.
Porque quizás la mejor manera de honrar a quienes enfrentaron aquella dictadura no sea idealizando el pasado, se defendiendo todos los días el derecho a disentir, a cuestionar y a vigilar al poder, venga de donde venga.
Y quizás aquí conviene detenerse en otra contradicción que pensaba que era profundamente dominicana, pero desgraciadamente estudios alrededor del mundo, indican que son intrínseca del ser humano.
Muchos dominicanos (por no decir la mayoría) suelen hablar con nostalgia de Trujillo, aun sin haber vivido realmente lo que significó una dictadura. Otros idealizan figuras contemporáneas de mano dura como Bukele, imaginando orden, autoridad y disciplina como soluciones automáticas a nuestros problemas cotidianos.
Pero vale la pena preguntarse algo: ¿de verdad estamos preparados para soportar lo que implica un régimen autoritario?
Porque vivimos crispándonos por medidas relativamente menores del Estado. Nos indignamos cuando intentan fiscalizar, regular, multar o imponer límites, basta observar las reacciones cada vez que se endurece el tránsito, se intenta organizar el transporte informal o se anuncian controles más estrictos en nombre del orden público.
El debate reciente alrededor de las medidas impulsadas por Faride Raful ha dejado algo claro: buena parte de la sociedad exige autoridad… hasta que la autoridad toca su propia puerta.
Queremos orden, pero sin reglas, disciplina, pero para otros, consecuencias, pero ajenas.
Y ahí aparece una reflexión interesante sobre nuestra propia cultura política ¿Será que todos llevamos un pequeño Trujillo por dentro, en esa necesidad constante de imponer nuestra voluntad, de controlar, de no tolerar al que piensa distinto, de admirar al líder fuerte que “resuelve”?
¿O será al revés? ¿Será que Trujillo logró encarnar rasgos que ya existían en la sociedad dominicana y que, de alguna manera, todavía siguen presentes entre nosotros?
Quizás esa sea una de las conversaciones más difíciles —y más necesarias— cuando recordamos el 30 de mayo. Porque condenar la dictadura es fácil. Lo complejo es preguntarnos cuánto de cultura autoritaria todavía sobrevive en nuestra manera de convivir, de hacer política y hasta de relacionarnos como sociedad.