@abrilpenasbreu
Cada mañana, miles de dominicanos salen de sus casas sabiendo que una parte importante de su día la pasarán atrapados en un vehículo. Ya ni siquiera hablamos de llegar tarde al trabajo o perder una reunión. Hablamos de horas de vida que se evaporan lentamente entre bocinas, contaminación, calor, ansiedad y frustración.
Durante años hemos tratado los tapones como un inconveniente propio del crecimiento urbano. Como algo molesto, pero inevitable. Sin embargo, la evidencia científica muestra que sus consecuencias van mucho más allá de la movilidad: el estrés crónico asociado a los congestionamientos puede afectar la salud física y mental, mientras que la exposición constante al ruido y a la contaminación del aire aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares y respiratorias.
¿Cuántas personas llegan agotadas a su trabajo antes siquiera de comenzar la jornada? ¿Cuántos padres llegan a casa sin energía para compartir con sus hijos? ¿Cuántas horas de sueño se sacrifican para intentar salir más temprano y esquivar un tapón que, muchas veces, termina apareciendo igual?
El costo no se mide únicamente en combustible. También se paga con productividad, con tiempo en familia, con oportunidades perdidas y con bienestar emocional.
República Dominicana ha crecido. Su parque vehicular ha crecido. Su economía también. Pero la infraestructura vial y la planificación urbana no han evolucionado al mismo ritmo. El resultado es un sistema que obliga a miles de ciudadanos a convivir diariamente con niveles elevados de estrés.
Y no, la solución no pasa únicamente por construir más elevados o ampliar avenidas. La experiencia internacional demuestra que eso, por sí solo, termina atrayendo más vehículos. Se necesita una estrategia integral: transporte público eficiente, sincronización inteligente de semáforos, incentivos para horarios laborales escalonados, mejor planificación territorial y una política de movilidad que piense primero en las personas y no únicamente en los automóviles.
Cuando una ciudad le roba dos, tres o hasta cuatro horas diarias a sus ciudadanos, no solo está afectando el tránsito. Está afectando su salud, su economía familiar y su calidad de vida.
Quizás ha llegado el momento de dejar de preguntar cuánto duran los tapones y empezar a preguntarnos cuánto le están costando al país en enfermedades, productividad y bienestar.
Porque un país no solo se desarrolla cuando construye más carreteras. También cuando protege el tiempo y la salud de quienes las recorren.