Santo Domingo, RD. — La República Dominicana conmemora este 15 de abril el Día del Poeta Dominicano, una fecha que honra el nacimiento de Salomé Ureña de Henríquez. Pero más allá del acto simbólico, esta efeméride plantea una pregunta incómoda: ¿qué tanto escucha realmente el país a sus poetas?
La historia dominicana ha estado atravesada por voces poéticas que no solo escribieron versos, sino que interpretaron su tiempo, denunciaron injusticias y dejaron constancia emocional de cada etapa nacional.
Desde Pedro Mir hasta Aída Cartagena Portalatín, la poesía ha sido una forma de resistencia, de identidad y de cuestionamiento.
Sin embargo, en el presente, el país parece haber relegado la poesía a espacios marginales, mientras el debate público se simplifica y se acelera.
La paradoja es evidente: nunca se ha escrito tanto… pero nunca se ha reflexionado tan poco.
En la era de las redes sociales, la palabra se ha vuelto rápida, reactiva, muchas veces superficial. Y en ese contexto, la poesía —que exige pausa, profundidad y sensibilidad— queda desplazada.
Pero esa exclusión tiene un costo.
Un país que no escucha a sus poetas es un país que pierde su capacidad de introspección, pierde matices, ierde memoria emocional. Pierde humanidad en su discurso público.
Hoy, más que celebrar, la fecha debería servir para replantear el lugar de la cultura en la agenda nacional.
Porque la poesía no es un lujo intelectual: es una herramienta de pensamiento crítico.
Y en un momento donde la sociedad dominicana enfrenta desafíos sociales, políticos y culturales complejos, ignorar esa herramienta es un error estratégico.
El Día del Poeta Dominicano no debería ser solo una efeméride, debería ser un recordatorio incómodo: las sociedades que no escuchan a sus poetas terminan repitiendo sus errores… sin siquiera saber nombrarlos.