Por el Francotirador
En política, como en la vida, hay nombres que no desaparecen: se transforman en referencia. Hipólito Mejía es uno de ellos. A más de dos décadas de haber ocupado la Presidencia de la República, el expresidente conserva algo que muchos dirigentes activos no han logrado construir: conexión emocional con la gente, reconocimiento nacional, lenguaje popular y una identidad política propia. Por eso, aunque para algunos la sola idea de una candidatura presidencial suya en 2028 parezca una provocación, para otros representa una hipótesis que merece ser analizada con seriedad.
La pregunta no es únicamente si Hipólito Mejía quiere o no volver a ser candidato. La verdadera pregunta es si, en determinadas circunstancias políticas, su figura podría convertirse en un factor de viabilidad electoral para el Partido Revolucionario Moderno. Y la respuesta, aunque incómoda para algunos sectores, no puede despacharse con ligereza.
Hipólito tiene una ventaja que no se fabrica en laboratorios de marketing: autenticidad. Su estilo frontal, espontáneo, campesino, irreverente y cercano ha sido durante años su principal marca política. Puede gustar o no, pero nadie discute que Hipólito comunica con un lenguaje que el pueblo entiende. En un tiempo donde muchos políticos parecen productos prefabricados por asesores, Mejía conserva la fuerza de lo genuino. Su carisma no es académico, es popular; no es de salón, es de calle; no es calculado, es instintivo.
A eso se suma un elemento estratégico: Hipólito Mejía es uno de los fundadores y referentes históricos del PRM. No es un actor externo ni una figura decorativa. Su liderazgo ha sido determinante en la construcción del partido que hoy gobierna y una figura clave para la unidad interna del PRM rumbo al 2028, en un escenario donde la organización tendrá que administrar aspiraciones legítimas, liderazgos emergentes y la ausencia de reelección presidencial de Luis Abinader.
Pero el punto más interesante no está solo dentro del PRM, sino frente a la oposición. Si Leonel Fernández termina siendo el candidato del bloque opositor, la candidatura de Hipólito Mejía colocaría la contienda en un terreno conocido para el país: dos expresidentes, dos estilos, dos historias, dos liderazgos con arraigo nacional. Leonel representa el discurso elaborado, la estructura partidaria disciplinada. Hipólito representa la política del contacto directo, la espontaneidad, la franqueza y la cercanía emocional.
Esa competencia tendría una particularidad: no sería un enfrentamiento entre improvisados. Sería una batalla entre dos figuras que ya han gobernado, que se conocen, que han sido adversarios históricos y que simbolizan dos formas distintas de entender el poder. La diferencia es que, para 2028, la discusión no sería únicamente sobre pasado, sino sobre quién puede interpretar mejor el presente.
Una eventual candidatura de Hipólito no podría venderse solo como nostalgia, Para ser viable, tendría que presentarse como una candidatura de experiencia, unidad, transición y garantía política. Hipólito no tendría que pretender ser el candidato de la juventud, sino el candidato de la estabilidad con pueblo; no el símbolo de una generación que se resiste a salir, sino el puente entre la vieja política de arraigo territorial y una nueva etapa de dirección nacional.
Hipólito podría unificar sectores tradicionales del PRM, movilizar bases históricas, neutralizar parte del discurso de Leonel Fernández y obligar a la oposición a competir en un terreno de experiencia contra experiencia. Frente a Leonel, Hipólito no tendría que demostrar que sabe lo que es gobernar; ya lo hizo. No tendría que construir reconocimiento nacional; ya lo tiene. No tendría que inventar una identidad; la posee desde hace décadas. La contienda contra Leonel Fernández requiere un antagonista natural, con historia, carácter y legitimidad popular.
Por./ El Franco tirador