Un año después del Jet Set, la pregunta ya no es solo qué pasó, la pregunta es qué hemos hecho desde entonces.
Y la respuesta, aunque incómoda, parece evidente: no lo suficiente: 236 vidas perdidas, más de 180 heridos, niños que quedaron en la orfandad.
Una tragedia de esa magnitud debió provocar un antes y un después, Debió sacudir estructuras, acelerar decisiones, cerrar vacíos, pero no.
Durante semanas, el tema ocupó titulares, agendas políticas y debates públicos, se habló de reformas, se anunciaron proyectos de ley, se. prometieron cambios.
Y luego, como tantas veces en República Dominicana… la urgencia se diluyó.
Hoy, un año después, el país sigue arrastrando los mismos vacíos legales en materia de supervisión, inspección y control de edificaciones.
Los mismos que, en teoría, permitieron que las condiciones llegaran al punto en que llegaron, ese es el punto más delicado.
Porque el Jet Set no fue solo una tragedia estructural, fue también el reflejo de una cultura, la cultura del “eso aguanta”, la cultura de resolver después.
La cultura de dejar para mañana lo que claramente debía atenderse hoy, esa forma de operar no es exclusiva de un negocio.
Es una práctica extendida que atraviesa lo privado y lo público y mientras esa lógica no cambie, el riesgo permanece.
Aquí es donde el debate debe incomodar, porque no basta con señalar responsabilidades individuales.
No basta con esperar un fallo judicial, el verdadero problema es sistémico, es un sistema donde las normas existen, pero no siempre se aplican con rigor, donde los controles están en el papel, pero fallan en la práctica y donde las tragedias generan reacción… pero no transformación.
Un año después, el país recuerda, pero recordar no es reformar y ese es el riesgo.
Que el Jet Set se convierta en otro episodio que se honra en la memoria, pero que no deja cambios estructurales reales, porque cuando una tragedia no produce consecuencias claras, produce precedentes peligrosos.
La justicia es necesaria, pero no es suficiente, lo verdaderamente urgente es cerrar los vacíos que siguen abiertos, es garantizar que las inspecciones no dependan de la casualidad.
Es romper con la cultura de la postergación, porque si algo permitió —en teoría— que esta tragedia ocurriera, fue precisamente eso: no hacer a tiempo lo que debía hacerse.
Un año después, la herida sigue abierta, pero también sigue abierta la oportunidad de corregir, la pregunta es si lo haremos… o si, una vez más, lo dejaremos para después.