@abrilpenaabreu
Hay algo curioso cuando uno mira el mapa político del mundo, en muchos países, la política ya no parece una competencia de ideas… sino una guerra entre tribus.
La derecha contra la izquierda, conservadores contra progresistas, nacionalistas contra globalistas, unos convencidos de que los otros son una amenaza existencial.
No hay que irse muy lejos, en Estados Unidos, el país parece dividido en dos realidades paralelas, en Argentina, el debate político se ha convertido en una confrontación permanente, en México, la polarización domina gran parte de la conversación pública, en Venezuela, las diferencias políticas terminaron rompiendo familias, amistades e instituciones.
Y hace apenas días, Colombia volvió a vivir una elección marcada por profundas tensaciones ideológicas y emocionales.
Pero entonces uno mira a República Dominicana… y la pregunta surge sola: ¿Por qué aquí (gracias a Dios) no parece pasar lo mismo?
Porque, siendo honestos, en República Dominicana los partidos políticos suelen parecerse más de lo que muchos quieren admitir.
Sí, existen matices.
Unos más liberales en lo económico, otros con discursos más sociales, algunos más conservadores en ciertos temas, otros más abiertos.
Pero, en términos generales, nuestro sistema político ha orbitado durante décadas alrededor de un gran centro político, con diferencias más de estilo, liderazgo o prioridades… que de rupturas ideológicas profundas.
Y eso que antes muchos criticaban como una debilidad, quizás terminó siendo una fortaleza.
Porque aquí no hemos llegado —al menos todavía— a ese punto donde el adversario político deja de verse como alguien con otra visión del país… y pasa a verse como un enemigo.
No tenemos una política dominada por guerras culturales permanentes, no vemos multitudes peleándose todos los días por ideologías irreconciliables, no vivimos esa sensación de que el país está partido en dos mitades que ya no se toleran.
Y aunque nuestra democracia tiene enormes defectos —corrupción, clientelismo, promesas incumplidas, desencanto ciudadano— hay algo que quizás no valoramos lo suficiente:
La paz política imperfecta que hemos logrado construir. Porque sí, las encuestas muestran algo preocupante: la gente cree cada vez menos en los partidos políticos.
Se nota en el desencanto, se nota en la abstención. Se nota en una generación joven que participa menos en política partidaria y muchas veces mira a los políticos con distancia o desconfianza.
Pero incluso en medio de ese desgaste, República Dominicana ha evitado caer en el nivel de confrontación que hoy consume a muchos países.
Aquí las transiciones políticas han ocurrido sin grandes traumas, aquí los resultados electorales —con tensiones y debates— generalmente terminan aceptándose.
Aquí los líderes políticos, con diferencias evidentes, han entendido algo importante: hay líneas que no conviene cruzar.
Porque una cosa es competir y otratra muy distinta es incendiar el país y cuidado: esto no significa que debamos conformarnos.
Que no estemos polarizados no significa que todo esté bien, también hay riesgos en que los partidos se parezcan demasiado. Porque cuando el ciudadano siente que “todos son lo mismo”, deja de creer.
Y cuando la gente deja de creer, la democracia empieza a debilitarse lentamente, por eso quizás la verdadera pregunta no es si necesitamos más polarización.
La pregunta es otra: ¿Cómo logramos tener partidos con ideas más claras… sin destruir la convivencia nacional?
Porque en un mundo donde tantas sociedades parecen romperse desde dentro, quizás vale la pena reconocer algo:
República Dominicana tiene muchos problemas, pero todavía conserva algo que otros países están perdiendo: la capacidad de pelear políticamente… sin dejar de ser un mismo país.
Porque tal vez, solo tal vez… que aquí casi todos hayan sido de centro nos terminó salvando de algo peor.