@abrilpenaabreu
Hubo un tiempo en que la diferencia entre un político y un influencer parecía evidente, hoy esa frontera se desdibuja cada día más.
Quizá los políticos siempre contaron historias, la diferencia es que antes las narraban desde un discurso, una entrevista o una plaza pública, hoy las cuentan en un reel de 30 segundos, en un TikTok o siguiendo el último trend viral, la narrativa no cambió, cambió el formato.
La política ha tenido que adaptarse a una economía donde el recurso más escaso ya no es el dinero, sino la atención. Para conseguirla, muchos dirigentes simplifican mensajes, reducen debates complejos a frases virales y, en ocasiones, llegan al ridículo con tal de parecer cercanos, auténticos o entretenidos, el objetivo ya no es solo convencer, es lograr que el algoritmo los premie.
Los influencers entendieron esa lógica mucho antes, su negocio consistía en captar atención para vender productos. Sin embargo, el mercado también evolucionó, hoy muchos ya no venden únicamente una marca: ellos mismos son la marca. Son el producto.
Y cuando alguien concentra millones de personas prestándole atención cada día, inevitablemente comienza a acumular otra clase de capital: influencia política.
Por eso ya no resulta extraño ver influencers participando en campañas electorales, ocupando cargos públicos, asesorando gobiernos o siendo invitados a las mesas donde se toman decisiones. No siempre porque posean la mayor preparación técnica, sino porque dominan un activo que hoy vale más que nunca: la capacidad de movilizar audiencias.
Al mismo tiempo, muchos políticos intentan convertirse en creadores de contenido, comprenden que una buena gestión ya no garantiza visibilidad, mientras que un video viral puede cambiar una conversación nacional en cuestión de horas.
El resultado es una convergencia inevitable, los políticos aprenden a comportarse como influencers, los influencers aprenden a actuar como políticos.
Y mientras esa frontera desaparece, surge una pregunta más importante: ¿estamos eligiendo líderes por la calidad de sus ideas o por su capacidad para captar nuestra atención?
La democracia siempre ha requerido comunicación, lo preocupante es cuando la comunicación sustituye al contenido, cuando el algoritmo pesa más que los argumentos y cuando la viralidad termina convirtiéndose en un criterio de legitimidad.
No se trata de demonizar a políticos ni a influencers, ambos cumplen funciones distintas y ambos pueden aportar valor. El verdadero desafío es entender que vivimos en una economía de la atención donde quien consigue dominar la conversación adquiere una capacidad de influencia extraordinaria sobre la opinión pública.
Quizá la discusión ya no sea si debemos escoger entre políticos o influencers, sino quién convierte esa atención en poder, con qué propósito y bajo qué mecanismos de rendición de cuentas.
Porque, al final, quien controla la atención tiene una ventaja decisiva para influir en las decisiones colectivas y esa puede ser una de las formas de poder más importantes del siglo XXI.