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Seis casos de filicidio en lo que va de 2026. Seis veces en las que la figura que debía proteger decidió destruir y el último, el de Los Girasoles, tiene una crudeza que no deja espacio para la distancia emocional que a veces buscamos cuando las noticias se vuelven demasiado difíciles de sostener: una bebé que lloraba a las seis de la mañana, y un padre que decidió que ese llanto no merecía respuesta sino silencio permanente.
Hay casos que no se pueden narrar sin que algo se rompa adentro, este es uno de ellos.
Pero el dolor que genera, la indignación que produce, la viralidad que alcanza en redes sociales, nada de eso es suficiente si al cabo de unos días lo dejamos reposar en el mismo lugar donde reposan todos los casos anteriores, en ese espacio incómodo donde la sociedad dominicana pone lo que no quiere mirar de frente porque mirarlo obliga a hacerse preguntas que no tienen respuestas cómodas.
La primera y más urgente es esta: ¿qué está pasando?
Porque esto no ocurre en el vacío. Los feminicidios en los primeros dos meses de 2026 se triplicaron respecto al mismo período del año anterior, pasando de 6 a 18 casos. Solo en el primer trimestre de este año el Ministerio Público registró 17,525 denuncias de violencia de género, intrafamiliar y delitos sexuales. Hay 20 niños huérfanos en lo que va del año por feminicidios, dos familias destruidas por cada caso, y una directora de fundación que tiene que salir a recordarle al país que cada cifra es una vida, no un número. Y encima de todo eso, solo el 30% de las denuncias de violencia doméstica resultan en una orden de protección. El 70% restante se queda en el aire, esperando que algo cambie, que alguien intervenga, que el sistema reaccione antes de que sea demasiado tarde y eso cuando sucede, muchas veces no reacciona.
Es cómodo decir que estos casos son obra de monstruos, porque esa explicación nos exonera a todos, pone la responsabilidad en un individuo que podemos condenar y seguir con nuestra vida, y evita la pregunta real, la que más incomoda: ¿qué condiciones estamos construyendo como sociedad para que esto ocurra, y qué estamos haciendo para desmantelarlas?
Porque el filicidio, como el feminicidio, como la violencia intrafamiliar que los precede casi siempre, no empieza el día que alguien mata. Empieza mucho antes, en el abandono emocional que nadie atiende, en la frustración acumulada que nadie detecta, en la precariedad económica que aplasta sin que ningún sistema de apoyo amortigüe el golpe, en la salud mental que este país sigue tratando como un lujo y no como una necesidad básica, y en una cultura que durante demasiado tiempo normalizó la violencia como forma de control dentro del hogar, la resolvía en la casa, la ocultaba por vergüenza, la barría debajo de la alfombra con la misma naturalidad con la que se barre el polvo.
La diferencia ahora no es que esté ocurriendo más, aunque los números sugieren que sí, la diferencia es que ya no se puede ocultar igual, porque las redes sociales, los medios digitales y la exposición pública han obligado a mirar de frente lo que antes se escondía, y lo que estamos viendo no es bonito, pero al menos lo estamos viendo, y eso es el primer paso para no resignarse.
La procuradora Reynoso lo dijo con una claridad que merece repetirse: de cada 10 homicidios que ocurren en República Dominicana, al menos 6 son producto de violencia surgida en una diferencia que se resolvería con una simple conversación. Una sociedad que mata por diferencias que se resuelven conversando no tiene un problema de criminales, tiene un problema de cultura, y los problemas de cultura no se resuelven solo con leyes ni solo con policías ni solo con condenas, se resuelven con educación sostenida, con intervención temprana en familias en riesgo, con sistemas de salud mental accesibles, con políticas públicas que no sean reactivas sino preventivas, que lleguen antes del cadáver y no después.
Hoy el Estado tiene mecanismos que antes no existían, los Puntos Vida, las unidades de atención integral a víctimas, las oficinas del Relevic con abogados gratuitos en 37 puntos del país, y hay que reconocerlo porque negar los avances sería deshonesto, pero también hay que decir con la misma honestidad que esos avances no están siendo suficientes cuando los números se triplican, cuando una bebé muere a manos de su padre en Los Girasoles y cuando el 70% de las denuncias de violencia doméstica no reciben ni siquiera una orden de protección.
No basta con reaccionar cuando ya hay un cadáver.
Esto no es irremediable, pero sí es urgente, y la diferencia entre los dos depende de si como sociedad estamos dispuestos a dejar de tratar estos casos como tragedias individuales y empezar a verlos como lo que son: el síntoma de algo que está fallando colectivamente, y que seguirá fallando mientras sigamos esperando que el próximo video viral nos devuelva la indignación que el anterior ya nos quitó.
Porque la bebé de Los Girasoles merece algo más que indignación de una semana…merece ser la última.