@abrilpenaabreu
Durante décadas nos enseñaron que la familia era el primer refugio del ser humano. El lugar donde se aprendía a confiar, donde se encontraba protección y donde, incluso en medio de las dificultades, siempre existía alguien dispuesto a tender una mano. Sin embargo, los hechos ocurridos en apenas unos días en República Dominicana nos obligan a hacernos una pregunta incómoda: ¿qué está pasando dentro de nuestros hogares?
En poco más de una semana conocimos casos estremecedores. Una madre que terminó con la vida de su propia hija. Un tío que asesinó a su sobrino. Una nuera que mató a su suegra. Una hija acusada de quitarle la vida a su padre. Historias distintas, con circunstancias diferentes, pero con un denominador común: la violencia nació dentro de la familia.
Y cuando la violencia deja de venir de la calle para instalarse en la mesa del comedor, en la habitación de un niño o entre quienes comparten un mismo techo, el problema deja de ser únicamente de seguridad pública. Se convierte en una crisis social.
Sería un error buscar una explicación única. No existe un solo culpable. La salud mental deteriorada, el estrés económico, el consumo de alcohol y drogas, la violencia aprendida desde la infancia, la pérdida de la capacidad para resolver conflictos y el progresivo aislamiento social forman parte de un fenómeno mucho más complejo.
Vivimos en una sociedad donde muchas personas están agotadas emocionalmente. Trabajan más, descansan menos, conversan menos y conviven menos. Compartimos casas, pero cada vez menos vidas. Las familias pasan horas mirando pantallas, pero pocas hablando entre sí. Los problemas se acumulan hasta que, en algunos casos extremos, terminan explotando de la peor manera posible.
Pero tampoco podemos caer en la tentación de atribuirlo todo a la salud mental. Eso sería simplificar una realidad demasiado compleja. La inmensa mayoría de las personas con trastornos mentales jamás cometerá un acto violento. Lo que sí ocurre es que seguimos llegando tarde para detectar las señales de alarma: amenazas constantes, violencia previa, aislamiento, consumo problemático de sustancias, conflictos familiares que todos conocen pero nadie interviene.
Y ahí aparece otra pregunta incómoda: ¿estamos previniendo o simplemente reaccionando?
Cada vez que ocurre una tragedia nacional nos preguntamos qué falló. Sin embargo, rara vez analizamos todo lo que ocurrió antes del crimen. ¿Cuántas denuncias existían? ¿Cuántas amenazas habían sido ignoradas? ¿Cuántas veces alguien pidió ayuda sin encontrar respuesta? ¿Cuántas familias sabían que algo no estaba bien, pero prefirieron guardar silencio?
No basta con endurecer las penas cuando la tragedia ya ocurrió. La verdadera prevención empieza mucho antes.
Empieza fortaleciendo la familia desde la infancia. Enseñando inteligencia emocional en las escuelas. Haciendo que buscar ayuda psicológica deje de ser un motivo de vergüenza. Detectando tempranamente los casos de violencia intrafamiliar. Formando a maestros, líderes comunitarios y personal sanitario para reconocer señales de riesgo. Garantizando que las instituciones respondan con rapidez cuando una persona denuncia amenazas o agresiones.
Pero también comienza en casa.
Volviendo a conversar. Escuchando más. Aprendiendo a pedir ayuda antes de que el conflicto se convierta en violencia. Entendiendo que la fortaleza no consiste en aguantarlo todo, sino en reconocer cuándo ya no podemos solos.
Porque ninguna sociedad puede considerarse sana cuando el lugar que debería ofrecer mayor protección termina convirtiéndose en el escenario del mayor peligro.
La seguridad ciudadana no comienza con una patrulla en la calle. Comienza mucho antes, alrededor de una mesa familiar donde todavía sea posible hablar, escuchar y resolver los conflictos sin recurrir a la violencia.
Tal vez esa sea la gran lección que nos dejan estas tragedias. No basta con preguntarnos qué está pasando en las familias dominicanas. La pregunta verdaderamente importante es qué estamos dispuestos a hacer, como sociedad, para que la próxima tragedia nunca llegue a ocurrir.