@abrilpenaabreu
Hay un video que se hizo viral este fin de semana. Mientras un incendio consumía una tienda, algunas personas aprovecharon el caos para llevarse todo lo que pudieron.
Lo preocupante no es únicamente el robo, lo verdaderamente preocupante es que muchos ya ni siquiera se sorprenden.
Durante años nos hemos repetido que el dominicano es solidario, alegre, hospitalario y de buen corazón. Y, en muchos aspectos, eso sigue siendo cierto. Basta recordar las tragedias nacionales donde miles de ciudadanos han donado sangre, alimentos o han abierto las puertas de sus hogares para ayudar a desconocidos.
Pero esa no puede ser toda la historia. También existe otra República Dominicana que hemos preferido ignorar.
Primero fueron casos aislados de personas saqueando mercancías durante accidentes de tránsito.
Después comenzaron a hacerse virales los camiones volcados. Uno cargado de cerveza. Otro de plátanos. Otro de arroz. Otro de cemento. Las imágenes siempre iban acompañadas de risas, memes y comentarios como: “El dominicano no pierde una.”
Lo convertimos en parte del folclore. Nunca hubo un verdadero régimen de consecuencias. Rara vez alguien fue identificado, procesado o condenado. Poco a poco dejamos de verlo como un delito para verlo como una picardía.
Y cuando una sociedad empieza a llamar “viveza” a lo que en realidad es un robo, termina normalizando el deterioro de sus propios valores.
Muchos responden que eso ocurre en todos los países, no exactamente.
Existen sociedades donde alguien puede olvidar un teléfono en un banco de un parque y regresar horas después para encontrarlo en el mismo lugar.
Hace apenas unos días también se hizo viral otro video: una mujer dejó a su bebé en un destacamento policial porque necesitaba entrar a un lugar donde no podía llevarlo. Los agentes lo cuidaron con absoluta normalidad y una hora después la madre regresó, agradeció y se marchó con su hijo.
Eso también habla de una sociedad, la confianza entre ciudadanos es uno de los mayores indicadores de desarrollo. Los economistas la llaman capital social: la capacidad de confiar en que el otro respetará las reglas incluso cuando nadie lo esté observando.
Cuando ese capital desaparece, todo se vuelve más caro, más difícil y más inseguro, las empresas invierten más en seguridad, los comercios colocan más rejas, los seguros aumentan.
La policía necesita más recursos, la gente deja de confiar incluso en sus propios vecinos.
No es casualidad que los países con mayores niveles de desarrollo institucional también sean, en muchos casos, aquellos donde existe una mayor confianza interpersonal.
Mientras tanto, nosotros seguimos creyendo que el desarrollo consiste únicamente en construir torres, avenidas o centros comerciales.
Pero el verdadero desarrollo comienza cuando una persona encuentra una oportunidad para hacer lo incorrecto… y decide no hacerlo.
No porque tenga miedo de que la atrapen, si no porque entiende que simplemente está mal.
No pretendo afirmar que todos los dominicanos sean así. Sería profundamente injusto. Cada día miles de personas trabajan, estudian, ayudan a otros y respetan las normas.
Sin embargo, cuando estos episodios dejan de ser excepcionales y empiezan a repetirse una y otra vez sin provocar indignación colectiva, deberíamos preguntarnos qué está cambiando en nuestra cultura.
Porque las sociedades no se deterioran únicamente por la pobreza. También se deterioran cuando dejan de sentir vergüenza frente a aquello que antes consideraban inaceptable.
Y quizás eso es lo que debería incómodarnos que deberíamos hacernos después de ver ese incendio, no quién se robó una caja, Sino en qué momento dejamos de escandalizarnos cuando alguien lo hace.