@abrilpenaabreu
República Dominicana ha logrado algo que pocos países de la región pueden exhibir: convertirse en uno de los principales destinos de turismo médico del continente.
Cada año miles de pacientes llegan desde Estados Unidos, Canadá, el Caribe e incluso Europa para realizarse cirugías estéticas, procedimientos odontológicos, tratamientos bariátricos, ortopédicos y de fertilidad. No vienen únicamente por los precios competitivos. Vienen porque creen que aquí encontrarán profesionales altamente capacitados, clínicas modernas y un sistema confiable.
Y ahí es donde surge una pregunta que va mucho más allá de un caso aislado.
¿Puede un país que aspira a liderar el turismo médico permitirse que existan dudas sobre la seguridad y la credibilidad de su sistema sanitario?
El turismo médico no vende hospitales, no vende quirófanos, no vende equipos de última generación, lo que realmente vende es confianza.
Cuando una persona decide viajar cientos o miles de kilómetros para ponerse en manos de un médico extranjero, está tomando una decisión basada casi exclusivamente en la confianza. Confianza en que quien la atenderá posee la preparación adecuada. Confianza en que el centro cumple estándares internacionales. Confianza en que el Estado garantiza un mínimo de seguridad.
Esa confianza es un activo económico y como todo activo, puede perderse.
Hoy los pacientes investigan antes de viajar. Leen reseñas, consultan foros, comparan destinos y revisan noticias. Una sola historia que ponga en duda la seriedad de un país puede recorrer el mundo en cuestión de horas.
Construir una reputación internacional toma décadas, perderla puede tomar apenas un titular y eso debería preocuparnos.
República Dominicana ha invertido enormes recursos en consolidarse como una potencia turística. Ahora también busca posicionarse como un referente regional en servicios de salud. Ambos sectores tienen algo en común: dependen de la confianza internacional.
Cuando esa confianza se erosiona, no solo se afectan las clínicas. También pierden los hoteles, las aerolíneas, los restaurantes, los taxistas, los laboratorios, las farmacias y miles de familias que viven directa o indirectamente del turismo.
La reputación también genera empleos, por eso este no debería verse únicamente como un debate sanitario.
Es un debate sobre competitividad, sobre marca país. Sobre la capacidad de República Dominicana para seguir atrayendo pacientes que dejan millones de dólares cada año en nuestra economía.
Si queremos consolidarnos entre los grandes destinos mundiales del turismo médico, no basta con tener excelentes especialistas y hospitales modernos.
Necesitamos que el mundo tenga la absoluta certeza de que aquí la excelencia médica no es una excepción, sino una garantía.
Porque en una industria donde la confianza es el principal producto, protegerla no es una opción, es una obligación estratégica para el futuro del país.