Durante años, la corrupción ocupó titulares, debates de televisión, campañas electorales y discursos encendidos. Y sí, sigue siendo un problema serio. Un país donde los recursos públicos se desvían es un país que avanza más lento, que construye menos escuelas, menos hospitales y menos oportunidades.
Pero hay una realidad incómoda que muchas veces los medios —incluyéndonos— hemos tardado en aceptar: la principal angustia de la mayoría de los dominicanos nunca ha sido la corrupción. Ha sido sobrevivir.
La más reciente encuesta de ACD Media no hace más que confirmar algo que otras mediciones llevan años diciendo: la gente está cansada. Cansada de trabajar y aun así no llegar. Cansada de que el sueldo apenas alcance para comida, transporte, alquiler, medicamentos y educación. Cansada de sentir que trabaja para mantenerse a flote, no para progresar.
Por eso, cuando se pregunta cuál es el principal problema del país, casi siempre aparece el mismo fantasma: el costo de la vida.
No es nuevo, tampoco exclusivo de este gobierno. Es una realidad acumulada y aquí vale la pena decir algo políticamente incorrecto: la indignación moral tiene límites cuando el bolsillo aprieta.
Durante años, sectores políticos y mediáticos intentaron convertir la corrupción en el centro absoluto de la conversación pública. Y claro que importa. Pero al final, la vida cotidiana impone sus propias prioridades.
Porque quien no sabe cómo pagará la comida de la semana, quien debe elegir entre comprar medicamentos o completar la compra, quien trabaja dos empleos y aun así no ahorra, difícilmente pondrá la transparencia institucional por encima de su necesidad inmediata.
Suena duro, pero es real, hay una frase popular dominicana que resume crudamentedamw l esa lógica social: “papeleta mató a menudo y morocota acabó con to’”.
No porque la gente no tenga valores. No porque apruebe la corrupción. Sino porque la necesidad tiene un lenguaje más fuerte que muchos discursos.
Eso explica por qué en América Latina —y República Dominicana no es la excepción— gobiernos señalados por cuestionamientos éticos logran mantenerse políticamente cuando la economía familiar mejora, y gobiernos relativamente organizados enfrentan desgaste cuando el dinero deja de rendir.
La gran advertencia de esta encuesta no es solo el pesimismo, es otra, un país puede crecer en estadísticas… y aun así sentirse cada vez más cansado.
Y cuando una sociedad siente que trabaja solo para sobrevivir, la paciencia empieza a agotarse.
Tal vez llegó el momento de entender algo que la gente lleva tiempo diciendo sin palabras: antes que grandes discursos, quiere soluciones que se sientan en el bolsillo.
Porque para millones, la verdadera pregunta no es quién robó más, es algo mucho más simple y urgente:
¿Cómo llego a fin de mes?