@abrilpenaabreu
Hay noticias que pasan desapercibidas porque no generan escándalo, no provocan peleas políticas y no alimentan la polarización diaria. Pero precisamente por eso, a veces terminamos subestimando acontecimientos que podrían tener un peso mucho mayor del que aparentan.
La escogencia del ministro de Salud Pública, Víctor Atallah, para presidir la 79.ª Asamblea Mundial de la Salud, elegido por unanimidad en la sesión plenaria celebrada en Ginebra, representa la primera vez en la historia que República Dominicana lidera el principal órgano decisorio de la Organización Mundial de la Salud.  No se trata de una fotografía protocolar en Suiza ni de un cargo honorífico para el currículo, se trata de que un dominicano estará al frente de los debates y decisiones que involucran a delegaciones de más de 190 Estados miembros en un momento donde la agenda sanitaria global no podría ser más urgente: sistemas de salud tensionados, brechas de acceso, enfermedades crónicas, emergencias internacionales y debates sobre financiamiento que afectan a todos los países, especialmente a los más pequeños y con menos poder de negociación.
Y lo que Atallah hizo con ese espacio en su primera intervención merece atención, porque no se limitó a los agradecimientos protocolares. Llamó a la comunidad internacional a priorizar la salud mental, a fortalecer al personal sanitario y a avanzar hacia un acceso más equitativo a tratamientos y medicamentos, advirtiendo que prácticamente todos los países enfrentan dificultades crecientes para sostener financieramente tratamientos cada vez más avanzados y costosos, y presentó la propuesta de creación de la GHAP, una plataforma global orientada a conectar conocimiento, financiamiento y capacidades técnicas para agilizar soluciones compartidas en salud global.  Eso no es retórica de apertura, es una agenda concreta, y el hecho de que la esté planteando desde la presidencia de la Asamblea le da una dimensión que desde cualquier otro lugar no tendría.
Celebrar este logro es legítimo y hay que hacerlo sin complejos, porque durante décadas República Dominicana ha sido percibida internacionalmente más como un país receptor de decisiones que como un actor con voz propia en escenarios multilaterales, y ocupar espacios de liderazgo en organismos globales importa porque mejora la reputación país, fortalece redes diplomáticas y abre puertas a cooperación técnica y científica que de otra manera tardan años en llegar.
Pero también importa porque obliga y ahí es donde la celebración tiene que convivir con una pregunta que no puede esquivarse: ¿puede esta posición convertirse en una oportunidad real para traer buenas prácticas globales a República Dominicana, o terminará siendo solo un logro de prestigio en el historial diplomático del gobierno?
Porque sería un desperdicio monumental que un dominicano presida el foro donde se discute el acceso equitativo a medicamentos mientras en este país los medicamentos de alto costo siguen siendo inaccesibles para la mayoría, que se proponga fortalecer la salud mental como prioridad global mientras aquí destinamos menos del 1% del presupuesto de salud a ese renglón, que se hable de fortalecer al personal sanitario en Ginebra mientras los médicos dominicanos siguen emigrando por condiciones que este sistema no ha resuelto.
La coherencia entre lo que se dice afuera y lo que se hace adentro es la única métrica que convierte un logro diplomático en una transformación real. Y esa coherencia no se mide en discursos de apertura sino en presupuestos, en políticas y en la calidad del servicio que recibe el ciudadano que llega a un hospital público un martes por la mañana sin seguro privado ni palanca.
Que la República Dominicana presida por primera vez la Asamblea Mundial de la Salud es, sin duda, un hito que merece reconocerse. La verdadera prueba no está en Ginebra.
Está aquí.