@abrilpenaabreu
A veces las advertencias importantes llegan desde lugares inesperados. Esta semana, el empresario y comunicador Santiago Matías puso sobre la mesa un tema al que en República Dominicana le hemos prestado muy poca atención: nuestra peligrosa dependencia del turismo y las remesas.
Muchos reaccionaron concentrándose únicamente en una frase: “cuando Cuba abra, Punta Cana tendrá problemas”. Pero detrás de la exageración propia del lenguaje mediático hay una pregunta incómoda que el país necesita hacerse seriamente: ¿qué ocurrirá con nuestra economía cuando las dos gallinas de los huevos de oro tengan que competir de verdad o comiencen a debilitarse?
Durante años, República Dominicana ha sido una potencia turística regional. Hemos construido una marca país fuerte, una industria hotelera consolidada y una conectividad aérea superior a muchos vecinos del Caribe. Eso es cierto. Pero también es cierto algo que rara vez discutimos: hemos descansado demasiado en la comodidad de nuestro liderazgo.
Cuba sigue siendo, en muchos sentidos, un gigante dormido, un país con más territorio, ciudades históricas de enorme valor patrimonial, una identidad cultural potentísima, una población altamente educada y una curiosidad internacional acumulada durante décadas. Porque el ser humano siempre siente fascinación por lo que ha permanecido cerrado.
No se trata solo de playas. Se trata de experiencia cultural, historia, autenticidad y novedad. Si mañana Cuba se abre completamente al capital internacional, recibe inversión masiva en infraestructura y flexibiliza sus relaciones económicas, el Caribe entero cambiaría.
¿Significa eso que República Dominicana desaparecería del mapa turístico? No, pero sí significa que competiríamos de verdad y la pregunta es si estamos preparados.
Porque un país no puede depender eternamente de una sola locomotora económica. Mucho menos de dos ingresos tan vulnerables a factores externos como el turismo y las remesas.
Sobre las remesas también conviene dejar de romantizar la realidad, Estados Unidos ya no es el mismo país migratorio de hace 20 o 30 años, el clima político ha cambiado, la presión económica interna también, cada vez hay más resistencia a grandes olas migratorias, independientemente de quién gobierne.
Y hay otro elemento que solemos ignorar: la diáspora dominicana ya va por segundas, terceras e incluso cuartas generaciones. Los vínculos emocionales y económicos inevitablemente cambian. Los hijos y nietos de inmigrantes suelen enviar menos dinero, invertir menos en el país de origen y tener otras prioridades.
Pensar que las remesas crecerán eternamente es, sencillamente, una ilusión peligrosa.
Entonces surgen preguntas: ¿Qué está haciendo República Dominicana para prepararse? ¿Estamos diversificando de verdad nuestra economía?
Porque seguimos exportando materias primas con escaso valor agregado, tenemos recursos únicos, como piedras semipreciosas que solo se producen aquí u oro y plata y aun así muchas veces las vendemos sin manufacturar, dejando las verdaderas ganancias fuera del país.
Tenemos potencial agrícola, pero seguimos dependiendo demasiado de productos poco transformados. Tenemos talento, pero invertimos poco en investigación científica, innovación y tecnología.
Mientras otros países convierten conocimiento en riqueza, nosotros seguimos discutiendo casi exclusivamente turismo, construcción y zonas francas.
Cuba, por ejemplo, ha desarrollado durante décadas una clase científica sólida, investigadores reconocidos internacionalmente y atletas de alto rendimiento. Nosotros apenas invertimos en investigación y desarrollo, nuestras universidades producen profesionales, sí, pero todavía estamos lejos de convertir el conocimiento en una verdadera industria nacional.
La pregunta no es si Cuba abrirá mañana, en cinco años o en veinte.
La pregunta es otra: ¿Qué hará República Dominicana el día que tenga que competir sin ventajas?
Porque ese ha sido históricamente uno de nuestros mayores errores como país: esperar a que llegue el golpe para entonces improvisar la respuesta, esperamos al desastre para poner el candado.
Y quizás, solo quizás, ya es tiempo de empezar a pensar el futuro antes de que el futuro nos obligue a hacerlo.