Por Abril Peña
En un país donde discutimos por política, por ideologías, por partidos, por clases sociales, por redes sociales e incluso por diferencias cada vez más pequeñas… quizá vale la pena detenernos un momento y preguntarnos algo simple: ¿cuándo fue la última vez que nos sentamos a compartir sin pelear?
Hoy República Dominicana conmemora Corpus Christi, una de las fechas más importantes del calendario cristiano. Para muchos es un feriado. Para otros, un día de misa. Para algunos, apenas una pausa en medio de la rutina.
Pero detrás de la solemnidad religiosa hay un simbolismo que, creyentes o no, debería hacernos reflexionar.
Corpus Christi significa “Cuerpo de Cristo”, y celebra la Eucaristía, el acto de compartir el pan, la mesa, la comunidad.
Y quizá ahí está precisamente una de las cosas que más nos hace falta como sociedad.
Porque vivimos tiempos extraños.
Un país donde el debate público parece haberse convertido en una guerra permanente. Donde disentir muchas veces equivale a odiar. Donde cualquiera que piense distinto es tratado como enemigo.
Si criticas algo, eres oposición, si reconoces avances, eres fanático, si intentas matizar, te atacan ambos lados y mientras tanto, algo se va rompiendo silenciosamente: la capacidad de convivir.
Corpus Christi, más allá de la religión, también es un recordatorio de algo profundamente humano: las sociedades no sobreviven únicamente por leyes, economía o tecnología, sobreviven cuando todavía existe algún sentido de comunidad, cuando todavía somos capaces de compartir mesa, de escucharnos, de reconocernos como parte de algo más grande que nuestras diferencias.
No significa pensar igual, no significa renunciar a las críticas, mucho menos dejar de exigir, pero sí recordar que ningún país puede construirse desde el odio permanente y esto aplica a todo: a la política, a los medios, a las redes… a nosotros mismos.
Porque si algo estamos viendo en muchas partes del mundo es cómo la polarización termina destruyendo puentes, familias, amistades e incluso democracias.
República Dominicana, con todos sus problemas, todavía conserva algo valioso: no hemos llegado a los niveles de fractura social de otros países donde las personas ya ni siquiera pueden hablar entre sí por diferencias ideológicas.
Tal vez debemos cuidar eso antes de perderlo. Quizá por eso hoy, mientras muchos descansan o participan en actividades religiosas, vale la pena preguntarnos:
¿Estamos construyendo comunidad… o solo aprendiendo a pelear mejor?
Porque compartir el pan nunca fue solo un acto religioso, también fue un acto de humanidad.