@abrilpenaabreu
En República Dominicana, cada vez que ocurre un terremoto importante en cualquier parte del mundo, vuelve la misma pregunta: ¿están nuestras edificaciones preparadas para resistir un gran sismo? Es una preocupación válida, pero hay otra igual o incluso más importante de la que casi no se habla: ¿está preparada la ciudadanía?
Países como Japón, México o Chile no solo han invertido durante décadas en normas de construcción. También han hecho de la educación ciudadana una política de Estado. Desde la infancia, las personas aprenden qué hacer antes, durante y después de un terremoto. Participan en simulacros periódicos, conocen las rutas de evacuación y, aunque el miedo siempre está presente, suelen reaccionar de forma mucho más organizada.
¿Ocurriría lo mismo en República Dominicana? Difícilmente.
Aquí se realizan simulacros de manera ocasional, pero no con la frecuencia ni el alcance necesarios para convertir la respuesta ante un desastre en un hábito colectivo. Basta con leer los comentarios en redes sociales cada vez que ocurre un temblor o un terremoto en la región para comprobar el enorme desconocimiento que existe sobre las medidas básicas de protección. Muchas personas aún creen que deben salir corriendo de los edificios mientras el suelo se mueve, otras desconocen qué zonas son más seguras dentro de una vivienda y muchas simplemente entrarían en pánico.
En un terremoto hay muy poco margen para el error. Incluso haciendo todo correctamente no existe garantía de sobrevivir. Sin embargo, una decisión acertada en los primeros segundos puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Durante esta semana el mundo ha sido escenario de varios desastres naturales y nuestro propio país registró movimientos telúricos. No se trata de interpretar estos hechos como un presagio, sino de asumirlos como un recordatorio de una realidad geográfica innegable: República Dominicana se encuentra en una zona de alta actividad sísmica y un gran terremoto no es una imposibilidad, sino un riesgo permanente.
La tragedia del Jet Set dejó una lección dolorosa. El colapso de una sola estructura provocó más de doscientas muertes y puso en evidencia las enormes dificultades de respuesta que enfrenta el país ante una emergencia de gran magnitud. Un terremoto como el que recientemente afectó a Venezuela multiplicaría ese desafío de manera exponencial.
Por eso, además de reforzar las normas de construcción y supervisar las edificaciones, el Estado debe emprender una campaña permanente de educación ciudadana. Simulacros masivos en escuelas, empresas e instituciones públicas; campañas en medios de comunicación; capacitación comunitaria y protocolos claros deben formar parte de una estrategia nacional de preparación.
Porque cuando la tierra tiembla ya es demasiado tarde para aprender qué hacer.
Prepararnos para lo peor mientras trabajamos para que nunca ocurra seguirá siendo la mejor política de prevención que puede asumir la República Dominicana.