@abrilpenaabreu
La crisis del Instituto Nacional de Ciencias Forenses no comenzó con un freezer averiado. Lleva años acumulando denuncias por falta de personal, retrasos en la entrega de cadáveres e infraestructura insuficiente. Lo ocurrido hoy solo deja al descubierto un problema que las autoridades han permitido crecer.
Hay instituciones cuyo funcionamiento revela el verdadero nivel de desarrollo de un país. Una de ellas es el Instituto Nacional de Ciencias Forenses.
Mientras el debate nacional gira alrededor de obras, tecnología, inteligencia artificial y transformación digital, la institución encargada de dar respuesta a uno de los momentos más dolorosos que vive cualquier familia continúa atrapada en problemas que deberían haberse resuelto hace décadas.
La noticia de que la morgue del Inacif en Cristo Redentor estuvo operando con un solo freezer porque el contenedor externo de refrigeración sufrió una avería no es simplemente una mala noticia. Es una radiografía del abandono institucional.
Lo más preocupante es que este episodio no aparece en el vacío. Durante años, familiares han denunciado esperas interminables para retirar los cuerpos de sus seres queridos. La explicación casi siempre ha sido la misma: faltan médicos forenses, falta personal o existe una sobrecarga de trabajo. En algunos casos las familias denunciaron haber esperado días e incluso semanas para recibir un cadáver.
Quienes cubrimos la tragedia del Jet Set vimos esa realidad de cerca. En medio del dolor colectivo volvió a evidenciarse la escasez de médicos forenses. Circularon incluso ofrecimientos extraordinarios de hasta cien mil pesos para que especialistas colaboraran con las autopsias ante la magnitud de la emergencia, mientras las familias aguardaban desesperadas por poder despedir a sus seres queridos. Aquello ya era una advertencia de que el sistema estaba operando al límite.
Y ahora descubrimos que, además de la falta de personal, la principal morgue del país dependía prácticamente de un solo sistema de refrigeración.
La pregunta es inevitable. ¿Qué habría ocurrido si esa avería coincidía con una tragedia de gran magnitud?¿Está preparada la República Dominicana para enfrentar otro evento con decenas o cientos de víctimas?
La respuesta, lamentablemente, parece ser que no. Las morgues no son simples edificios donde se almacenan cuerpos. Son parte esencial del sistema de justicia.
De ellas depende que las autopsias se realicen oportunamente, que las investigaciones penales no se retrasen, que las evidencias se preserven correctamente y que las familias puedan cerrar uno de los capítulos más dolorosos de sus vidas con la dignidad que merecen.
Cuando el sistema falla, no solo se deterioran las condiciones sanitarias. También se afecta la administración de justicia y se profundiza el sufrimiento humano.
Lo más preocupante es que las denuncias no son nuevas.
En 2023 ya se denunciaban retrasos de varios días, cuerpos en condiciones inadecuadas y un fuerte hedor en las instalaciones. En aquel momento las autoridades defendieron el funcionamiento del sistema. Tres años después, la realidad vuelve a golpear con fuerza, no basta con reparar un freezer.
El país necesita una revisión completa del sistema forense nacional, más médicos especializados.
Mejores salarios para atraer y retener talento, protocolos claros para situaciones de emergencia. Infraestructura moderna con sistemas redundantes que impidan que una sola avería comprometa el funcionamiento de una morgue nacional.
Y, sobre todo, planificación. Porque un Estado no puede improvisar cuando se trata de la muerte.
La forma en que un país trata a sus fallecidos también habla del respeto que siente por los vivos y en este momento, el mensaje que estamos enviando resulta profundamente preocupante.