Por Abril Peña
Esta semana ocurrió algo que hace apenas cinco años habría parecido absurdo. José Francisco Peña Guaba publicó una lista de los que considera podrían ser candidatos opositores hacia el 2028, y en ella colocó junto a Leonel Fernández, Gonzalo Castillo y Roque Espaillat un nombre que hasta hace poco pertenecía exclusivamente al mundo del entretenimiento, Santiago Matías. Al mismo tiempo, Quique Antún declaró que las puertas del Partido Reformista están abiertas para Alofoke y no descartó una eventual participación política, mientras Santiago Matías publicaba dos videos titulados “Premonición”, oscuros, misteriosos, donde aparece una figura presidencial caminando entre sombras mientras se escuchan fragmentos de discursos de Joaquín Balaguer.
Muchos se preguntan si Santiago Matías será candidato presidencial. Creo que esa es la pregunta incorrecta.
Porque antes de preguntarnos si puede ganar una elección, debemos preguntarnos por qué hoy estamos teniendo esta conversación, y la respuesta es sencilla: guste o no guste, Santiago Matías se convirtió en uno de los comunicadores más influyentes de la República Dominicana, y no lo hizo siguiendo las reglas tradicionales. No fue a las universidades de élite, no pasó por los grandes medios, no esperó la aprobación de los círculos de poder. Hizo exactamente lo contrario, obligó a las élites a bajar a su terreno.
Durante años los políticos dominicanos entendieron que si querían llegar a los sectores populares debían pasar por periódicos, programas de televisión y periodistas tradicionales. Hoy ocurre algo distinto. Presidentes, ministros, senadores, alcaldes, empresarios, todos han pasado por las plataformas de Santiago Matías, no porque él los necesite sino porque ellos lo necesitan a él, porque descubrieron que existe una parte importante de la población a la que ya no llegan por las vías tradicionales, y eso tiene un enorme significado político.
Ahora bien, influencia no es voto. Popularidad no es voto. Seguidores no son votos. La historia latinoamericana está llena de celebridades que intentaron convertir fama en poder político y descubrieron que una cosa no garantiza la otra. Pero también es cierto que la historia está llena de personas que parecían imposibles hasta que dejaron de serlo. ¿Quién habría pensado hace veinte años que un comediante llegaría a la presidencia de Ucrania? ¿Quién habría imaginado que un empresario sin experiencia política llegaría a la Casa Blanca? ¿Quién habría apostado por un economista outsider en Argentina? La política moderna está llena de sorpresas.
Por eso no creo que la posibilidad de Santiago Matías sea inminente, pero tampoco creo que sea imposible. Si algo ha demostrado en su trayectoria es perseverancia, construyó prácticamente desde cero una de las plataformas de comunicación más influyentes del Caribe, y si algún día decidiera dedicar esa misma disciplina a la construcción política, sería un error subestimarlo.
Sin embargo, para mí el verdadero problema no es si Santiago Matías puede ganar. El verdadero problema es otro, porque hoy muchos analistas afirman que el PLD será quien termine decidiendo las elecciones del 2028, siempre que los equipos de Leonel Fernández y Omar Fernández no terminen destruyéndose entre sí, siempre que Gonzalo Castillo no continúe creciendo y termine desplazando a Fuerza del Pueblo a un tercer lugar, y siempre que el PRM sobreviva unido a su propia convención interna, porque si algo dejaron claro los discursos de la reunión del PRM de esta semana fue que la preocupación por la unidad sigue presente, y cuando todos los líderes hablan de unidad es porque saben que el riesgo de división existe.
Pero mientras todos observan esa gran batalla política, quizás estén ignorando algo más pequeño y potencialmente más peligroso. ¿Qué pasa si Santiago Matías no gana? ¿Qué pasa si ni siquiera queda cerca de ganar? Porque no necesariamente necesita ganar para cambiar el tablero. Podría captar un porcentaje suficiente para afectar el resultado, podría fragmentar aún más el voto opositor, podría convertir en fuerza política a un partido minoritario, podría llevar una organización por encima del cinco por ciento, podría obtener representación, podría ganar capacidad de negociación, podría conseguir una silla en la mesa donde se toman las decisiones.
Y seamos honestos, de alguna manera ya tiene una silla. La tiene gracias a su influencia mediática. La tiene porque prácticamente ningún actor político importante puede darse el lujo de ignorarlo.
La pregunta entonces no es si tendrá poder. La pregunta es qué haría con ese poder. Porque ahí es donde comienza el verdadero debate.
Entiendo perfectamente que Santiago Matías no cambie sus formas de comunicar, sus medios son un negocio y un negocio responde a las demandas de su mercado, eso es legítimo. Pero una sociedad también tiene derecho a preguntarse algo más profundo. ¿Es el contenido que consumimos el mismo contenido que queremos que inspire políticas públicas? ¿Son los valores que funcionan para generar visualizaciones los mismos valores que deben orientar la construcción de un país? ¿Dónde termina el personaje mediático y dónde comenzaría el político?
Porque gobernar no es entretener. Gobernar no es viralizar. Gobernar no es dominar el algoritmo. Gobernar es administrar conflictos, tomar decisiones difíciles, manejar presupuestos, construir consensos y asumir responsabilidades que afectan la vida de millones de personas.
Por eso el verdadero debate no es si Santiago Matías puede ser candidato. El verdadero debate es qué representa para la República Dominicana que cada vez más personas consideren esa posibilidad como algo plausible.
Y quizás esa sea la verdadera premonición que estamos viendo. No la de una candidatura. Sino la de una política que está cambiando más rápido de lo que muchos están dispuestos a reconocer.