@abrilpenaabreu
En un país donde solemos acostumbrarnos a señalar —muchas veces con razón— lo que funciona mal, también es sano hacer una pausa cuando algo se hace bien. Y el reciente reconocimiento internacional a la nueva cédula y al pasaporte electrónico dominicano merece precisamente eso: ser reconocido.
La República Dominicana acaba de recibir premios regionales por dos de sus principales documentos de identidad. La nueva cédula fue reconocida como uno de los mejores documentos de identidad de América Latina, mientras que el pasaporte electrónico dominicano fue premiado por sus estándares de seguridad, tecnología y diseño.
Y sí, algunos dirán: “eso no me resuelve la vida”, “eso no baja la comida”, “eso no elimina las filas”. Pero las instituciones también se construyen con pequeñas victorias, con procesos que, aunque no sean perfectos, avanzan.
Porque seamos justos: hubo dudas. Hubo cuestionamientos alrededor de la selección de la empresa emisora de la nueva cédula, debates políticos, suspicacias y mucho ruido mediático. Y eso en democracia no solo es normal, también es saludable. El escrutinio público es parte del proceso.
Pero una vez las decisiones se toman, también toca evaluar resultados.
En el caso del pasaporte dominicano, el cambio ha sido evidente. Hace apenas dos años, hablar de Pasaportes era hablar de largas filas, falta de citas, ciudadanos desesperados, retrasos y un sistema que parecía haber colapsado frente a la demanda.
Hoy, aunque todavía hay aspectos por mejorar —porque siempre los hay— la percepción ciudadana es notablemente distinta. El acceso es más organizado, las citas son más fluidas y el servicio ha mejorado considerablemente en comparación con aquella crisis que generaba titulares semana tras semana.
¿Quiere decir eso que todo es perfecto? No. Pero tampoco podemos caer en esa costumbre nacional de que si algo mejora, simplemente actuamos como si fuera obligación y punto, sin reconocer el avance.
Y quizás aquí está la reflexión más importante: cuando el Estado hace algo mal, hay que exigir. Pero cuando hace algo bien, también hay que admitirlo.
Porque fortalecer instituciones no es solo criticar lo malo; también es incentivar que las buenas prácticas continúen.
Ahora bien, el verdadero reto empieza aquí. Un premio internacional no puede convertirse en una medalla para exhibir y ya. Tiene que traducirse en confianza ciudadana, en mejores servicios, en menos burocracia, en procesos más ágiles y, por qué no, en mejores condiciones para que el pasaporte dominicano gane prestigio internacional.
La cuestión ya no es solo si tenemos documentos modernos o seguros, es si: ¿seremos capaces de mantener el estándar?
Porque al final, más allá del reconocimiento, lo que el ciudadano quiere no es un premio en una vitrina. Lo que quiere es un servicio digno, eficiente y a la altura de los tiempos y por ahora, hay que decirlo: se ha avanzado.